Ni piratas, ni terroristas, ni bandidos: buena gente

Países en Conflicto

05 de Marzo del 2012

El ajetreado ritmo de vida del recinto del ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en Dadaab vive constreñido bajo estrecho corsé que marcan las horas de luz solar. Como si fuese un convento de eremitas austeros y pendientes del candil, al caer el Sol los murallones de espino tras los que viven los cooperantes en Dadaab se cierran y no vuelven a abrir hasta las 6 de la mañana del día siguiente.

Los cientos de voluntarios de las ONG que trabajan allí y el personal de ONU se recogen en el recinto al toque de queda. No verán extranjeros al atardecer fuera de esta verja. Está prohibido, no es seguro. A pesar de las estrictas condiciones de trabajo, esta misión del ACNUR es la más importante de todo el planeta. Al menos, en volumen. El descomunal apéndice de tiendas de campaña de desplazados somalís que le creció al pueblecito keniano de Dadaab en 1991 se ha convertido hoy en el campo de refugiados más grande del mundo. Casi medio millón de personas. Si las lonas, chabolas e iglús elaborados con ramas de arbustos tuviesen categoría de ciudad en Kenia sería la tercera más grande del país.


Empezó siendo el interminable cepo de la guerra civil en el que vive atrapada Somalia el motivo que obligó al ACNUR a trabajar aquí hace 20 años y después la peor sequía en seis décadas y ahora una situación de hambruna de niveles nunca conocidos. Oficialmente una hambruna -que es la última categoría en el semáforo de catástrofes de la ONU- se traduce en la muerte diaria de dos niños por cada 10.000, en algunas zonas de Somalia (en las que hay datos) mueren 15. Hay 12 millones de personas en riesgo.


La ayuda, la labor de esos cooperantes no sólo es necesaria e imprescindible sino que es, en el sentido más rotundo de la palabra, vital.


Sobre las mentiras que a base de repetirlas nos parece que se harán realidad para tranquilidad de nuestra conciencia es que la ayuda no llega hasta allí, que no merece la pena colaborar con estas organizaciones y que es mejor no dar nada porque se perderá por algún capilar corrupto de esa cadena de manos que tiene que hacerla llegar. Si puedo poner mi nombre y mis apellidos en este texto ahí arriba es para darles a ustedes fe, bajo mi honra y mi responsabilidad, de que sí: que llega y que si llegase un poco más quizás todo estaría mejor en aquel páramo.


El personal de la ONU y de las organizaciones que trabajan en Dadaab está obligado a desplazarse con la compañía de escolta armada entre los campos de refugiados que se estiran unas decenas de kilómetros entre sí por pistas y arenales en una tremenda llanura desértica. Sin duda una incomodidad, pero un requisito indispensable porque aquí llamarle "frontera" a la línea que en los mapas separa Kenia de Somalia es algo excesivamente pretencioso.


Hay varios eufemismos de moda en el complejo cabaret de la diplomacia y las relaciones internacionales que se diluyen con tremenda efervescencia cuando uno cae a ras de suelo. Uno de ellos es "frontera volátil" que es como se le llaman técnicamente a eso que queda al otro lado de la muga keniana. La realidad: no existe frontera alguna. Más de 700 km de desierto garabateado por erráticas pistas de polvo por las que van y vienen bandidos, contrabandistas y las milicias de Al Shabab, franquicia somalí de Al Qaeda.


Cualquiera que en esta tierra recuerde lo fácil que era cruzar por Bidasoa o Baztán en tiempos de carabineros y benemérita que se imagine una linde diez veces mayor con uno o dos puestos destartalados en la que los dos chavales del Ejército somalí han vendido los kalashnikovs por comprarse unos refrescos o comida (Historia que cubrió una corresponsal de la agencia Associated Press).


Otro eufemismo es el de "estado fallido" que Somalia tuvo el dudoso honor de inaugurar y luego se ha extendido a esos lugares cuyos conflictos, llegado el punto del desinterés total por algunas potencias y países, la diplomacia da por perdidos y abandona a su suerte. Tras un periodo prudencial de despreocupación durante un par de décadas en el que la barbarie ha cuajado, fermentado y entrado en proceso de crianza los vuelven a mirar y entonces, sí, obtienen esta peculiar denominación de origen.


Somalia está desmembrada: el sur, la zona más afectada por la hambruna y de la que no tenemos noticias, es controlada por Al Shabab, el norte -Somalilandia- es de facto una administración independiente, Puntlandia -la punta del cuerno- es tierra de piratas que acechan a los barcos que doblan el golfo de Adén o faenan en el Índico, y lo que queda de este extraño pastel son las tierras en las que el titubeante gobierno de transición de Somalia ejerce su poder.


Este caos se filtra sin tamiz al otro lado de esa raya que marca en el mapa Kenia. Es por esto que la escolta, el arma que disuada, es necesaria para los cooperantes.


Pero no para todos, Médicos Sin Fronteras (MSF) es la única organización que desde sus inicios decidió prescindir, aquí y en todas sus misiones, de escoltas por entender que les entorpece en su labor de atención sanitaria, de acercamiento a los pacientes. Se encomiendan así en lugares de conflicto con una protección austera: una pegatina en sus automóviles con un dibujito de una metralleta tachada. Como esas señas que algunos conductores ponen en sus coches pidiendo precaución al volante porque hay un bebé abordo, en este caso rogando que se abstengan de disparar. La exposición y el compromiso que estos trabajadores adquieren son de unas dimensiones difícilmente cuantificables.


secuestros La noticia del secuestro de Montserrat Serra y Blanca Thiebaut, las dos cooperantes españolas de MSF, y el ataque en el que resultó herido su chófer Mohamed Hassan, en los campos de refugiados de Dadaab personalmente me avinagró el día. Hace apenas unas semanas que regresé de allí y aunque no coincidí con ellas ni las conozco personalmente, conocí a sus compañeros de organización, vi el trabajo que hacen, lo documenté y les acompañé. Sin ellos, sin sus dispensarios (y el de otras organizaciones) y hospitales aquel lugar sería insufrible. Compartí algunos ratos por ejemplo con la doctora Anne Laurent, de MSF Suiza, que tras casi una década de trabajo en África Occidental me confesó que nunca había visto una hambruna de estas dimensiones.


Pero los cooperantes no son los únicos que se exponen. Mi trabajo en Dadaab no hubiese sido posible sin Mohamed, mi traductor, y Abdi, nuestro chófer, juntos recorrimos día tras día en un coche algo descacharrado desde que el alba y el toque de queda nos lo permitía todas las afueras de los campos de refugiados, entrevistamos familias, y sobre todo mujeres que en travesía épica haciendo un ejercicio de arrojo y dignidad habían caminado durante 30 días a través del desierto para llegar hasta este campo. Vulnerables muchas veces a los ataques de contrabandistas y milicianos. Conocimos familias a las que habían violado en el trayecto al cruzar esa frontera, o que habían robado el agua o incluso las sandalias.


Mohamed, Abdi -esos colaboradores necesarios- o los propios refugiados también están a merced de esos riesgos. Y yo mismo -los periodistas- o los cooperantes en solidaria simbiosis con ellos les confiamos nuestras vidas y ellos confían en nuestro criterio. Así unos a otros nos cuidamos.


Mi atolondrado viaje hacia Dadaab comenzó con numerosos imprevistos: un accidente de tráfico en Nairobi y no llegué a tiempo para alcanzar el convoy escoltado de la ONU que dos veces a la semana parte hacia allí. Tuvimos que viajar a solas 130 kilómetros por el desierto y pinchamos en mitad de esas "nadas" peligrosas. Mi chófer azorado trató de cambiar la rueda rápidamente, estaba atardeciendo. Apareció otro coche. En estas pistas casi es mejor no cruzarse con nadie, por si acaso. Eran unos somalís que amablemente nos ofrecieron su ayuda, en perfecto inglés nos preguntaron si estábamos bien. Y después apareció otro coche con idénticas intenciones. Fue mi primer contacto con esta gente y un buen lavado de prejuicios.


Tras una semana conociendo familias, hombres, mujeres y niños con tremendas historias de sufrimiento y valentía que estaban agradecidos por la ayuda internacional, deseosos de compartir lo poco que tenían y de cuidarnos a los que vamos allí; Mohamed -que ayer me mandó un sms para decirme que él y su familia estaban bien- me dijo: "Daniel, ya lo has visto, los somalís no somos ni piratas, ni bandidos, ni terroristas, somos buena gente. Sólo queremos vivir bien y en paz. Tienes que volver y contarlo".


Dicen que entre los refugiados, en esos mismos campos de chabolas y lonas, se esconden hombres de Al Shabab y bandidos armados que han participado en el secuestro de las cooperantes. Sí. Sin duda, están ahí. El tráfico de armas desde la frontera es incesante y hay muchos intereses en que ese caos se sostenga. Pero también estoy convencido de que además de las familias de las dos cooperantes, los que más estarán sufriendo ahora por el secuestro de Montserrat y Blanca son esos 450.000 desplazados y sus familias que en su inmensa mayoría "son buena gente" que necesita ayuda de otra "buena gente". La ONU ha anunciado que ante la inseguridad del último mes -este secuestro es la puntilla de un reguero de ataques- sólo prestará asistencia vital (agua, comida y mantas) y suspende sus otras actividades.


Este viernes la Asociación de Periodistas de Navarra me otorgó el galardón a periodista navarro del año, que recibí con tremenda responsabilidad y humildad, y lo quise dedicar a Montserrat y a Blanca y otras tantas personas que se exponen por compromiso y más allá de la crisis, miran antes a su alrededor que a su bolsillo, a ellas mi homenaje. Al desinterés, al servicio a la sociedad y a la honradez. Y sus familias y a los somalís, mi apoyo.


 


Reportaje original de Daniel Burgui Iguzkiza para Noticias de Navarra:


http://www.noticiasdenavarra.com/2011/10/16/mundo/ni-piratas-ni-terroristas-ni-bandidos-buena-gente

Comentarios

Una joya para Sabeedo

Estamos agotados. Lo poco que teníamos lo empeñamos en comprar algo de comida para el viaje. No nos queda nada, no hemos traído nada, no echaremos nada en falta. En Somalia no hay nada que echar en falta, relata ronco y realmente exhausto Mohamed Adbekarim, de 57 años, en el centro de recepción de refugiados del Dagahaley. Acaba de llegar esa misma mañana desde la frontera.

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Somalia, el país más oriental de África, ocupa un área de 637.540 km². Se sitúa en la punta de una región conocida habitualmente como el Cuerno de África -debido a su parecido en el mapa con un cuerno de rinoceronte- de la que también forman parte Etiopía y Yibuti.

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"Somalia, el país más oriental de África, ocupa un área de 637.540 km². Se sitúa en la punta de una región conocida habitualmente como el Cuerno de África -debido a su parecido en el mapa con un cuerno de rinoceronte- de la que también forman parte Etiopía y Yibuti."