Mi ginecóloga del fin del mundo

Derechos Humanos

02 de Mayo del 2012

Hay lugares en los que se termina el mundo. Así, simple. Se agotan las carreteras, la gente, desaparecen los árboles y hasta el decorado con nubes. Es ridículo imaginar esos precipicios donde se finiquita la cartografía. Miro el mapa y efectivamente confirmo de nuevo que sí, que más allá, al otro lado, aún quedan otros 10.000 kilómetros de tierra para aburrirse gastando suela.

Kirguistán. Pero la ventana de la precaria y exsoviética consulta ginecológica local de Naryn, en Kirguistán, contradice claramente al mapa: al otro lado del cristal asoma un muro que pone punto y final al paisaje. Unas montañas oscuras, moles de piedra antigua, ásperas y desnudas enladrillan el horizonte hasta los 5.000 metros. Lo que queda de cielo es plomo encasquillado entre esos picos nevados. Los lugareños explican que al otro lado sólo queda el desierto chino, el Taklamakán, y la cordillera del Pamir. La nada. Casi todos los caminos mueren aquí. Los de Naryn lo saben, viven en un margen.


No sé cómo será la primera visita al ginecólogo para la mayoría de las mujeres, pero puedo asegurar que en mi caso, y siendo hombre, no se me olvida. Fue aquí en Naryn. Tras nueve horas de traqueteo en una vieja furgoneta Mercedes desde la capital del país, Bishkek, a través de carreteras capilares y puertos a más de 3.000 metros que se retorcían en curvas, subidas y pendientes propias de una atracción de feria. Me descuajeringué el cuello y pulvericé el culo.


En el resto del país era primavera. En Naryn aún era invierno. Y allí, la doctora Turgabubu Orunbaeva me esperaba en una discreta consulta, en la que las mujeres a veces entran literalmente de dos en dos. Se despacha con brío, se hacen exploraciones, revisiones y sobre todo muchas ecografías, como si fuese un bazar, a un ritmo loco. Eché en falta un dispensador de tickets y que la enfermera vocease en la puerta los números.


Mientras esta médica menuda, que se mueve y habla como un huracán, charloteaba conmigo, yo estaba allí como un tiesto. De hecho, me coloqué junto los geranios de la ventana tratando de mimetizarme. Atónito con las contradicciones de un país ex URSS, islámico y centroasiático, en el que a nadie le molestó que un hombre europeo estuviese como un pasmarote en la consulta. Es el país más abierto de una región, Asia Central, absolutamente hermética. También es el más moderno, el que hace alarde de más conquistas sociales. Sin embargo, aquí la violencia contra las mujeres se ha refinado hasta el punto de ser considerada tradición: una de cada tres mujeres contrae matrimonio mediante el rapto. Son abducidas por desconocidos con los que se ven obligadas a casarse. Son secuestradas.


La doctora Turgabubu es una de esas mujeres que han hipotecado su vida, sus esfuerzos y su energía en ir a contracorriente y despellejarse por mejorar aunque sea a base de darse coscorrones en el mundo en el que vive, sea grande o pequeño. Así que en su consulta no sólo se pregunta por la salud ginecológica de estas mujeres, también por ellas mismas. Algo a lo que no están muy acostumbradas. Turgabubu les pregunta por su vida, por su amor.


“El amor, aquí, en este país, es algo muy complicado”, dice una chica de 19 años que había sido secuestrada por un hombre desconocido que hoy es su marido. “Mi madre, que también, fue raptada me dice que al tiempo empezaré a amarlo”, relata. Ante esto, Turgabubu fundó en el año 2000 la organización Bakubat -que significa confort en lengua kirguís-. Desde una pequeña oficina aneja a la consulta trata de combatir sobre todo la aceptación social que tiene esta práctica del secuestro. También imparte talleres a adolescentes sobre relaciones de pareja, salud sexual y donde explican desde la menstruación hasta el orgasmo.


Trabajan con el clero islámico y con policías y militares, los primeros condenan fervientemente la práctica que se aleja de la bondad coránica y colaboran mucho y bien; contrariamente a los otros dos colectivos con uniforme que son prolijos en practicar ellos mismos el secuestro.


DESENMASCARAR EL FRAUDE 
Hace poco, cuando relataba esto, una buena amiga me subrayó un hecho que yo había obviado: en todos los lugares a los que yo he viajado últimamente y sobre los que he escrito, en todos, había uno u otro tipo de devastadora violencia doméstica o contra las mujeres.


En Groenlandia, en la remota aldea de Kulusuk , un islote de escasos 10 kilómetros cuadrados y apenas 300 habitantes colgado del Círculo Polar, nuestro anfitrión George Utuaq nos convenció para que fuésemos a vivir a su casa bajo este contundente argumento: “No bebo, no pego a mi mujer, mi familia es feliz”. Las poblaciones árticas baten récords en suicidios, alcoholismo y abusos en el hogar. Y es triste, ya que la mayor parte del tiempo -ante un clima casi letal- se lo pasan metidos en esos calabozos familiares.


En Bolivia, en las escarpadas colinas del Cerro Rico, donde la desnutrición y la pobreza es endémica y la vida de los mineros se cuenta tachando cada día del calendario que se sobrevive a la jornada de trabajo; lo más terrible y más desconocido que el infierno del submundo minero es la monstruosa vida familiar y de pareja. La que se esconde en esas pequeñas casetas de adobe que salpican la que fue la montaña más rica del mundo. Incestos, violaciones indiscriminadas, palizas, abusos de todo tipo y asesinatos que quedan sepultados, distraídos, bajo otras prioridades. No sólo es contra las mujeres, también contra hijos, sobrinos, vecinos…


Y asuntos peores se viven en los campos de refugiados que he conocido, donde no hay concilio ni ley. Pero también vivimos estos cuadros en Europa, en nuestra ciudad. Basta repasar la prensa de días anteriores. Y en todos estos lugares se reproduce el mismo perfil de mujeres (y hombres) corajudas que trabajan diariamente -sobre todo maduras, pero también alguna joven- para que esa violencia no sea gratuita, impune. Porque las víctimas, aunque a menudo las retratamos sólo así, son por suerte peleonas.


Pero todos esos lugares, sin más conexión entre sí que tratar de dar solución a relaciones desiguales que cercenan la libertad y que a menudo cuentan con la aprobación social o la condescendencia de mirar hacia otro lado, coinciden en la misma fórmula. Hacer mucho hincapié en que la solución vendrá cuando se deslegitime un concepto terrible: la ocupación, el secuestro y el robo del concepto amar. En la mayoría de los casos esas violencias van unidas a una idea perversa del amor.


Incluso cuando se usa también a la contra, como cuando se ha perseguido y se persigue a personas del mismo sexo por amarse. Es la represión absoluta. La aniquilación emocional, más efectiva que la de cualquier maquinaria de régimen restrictivo o dictadura. Un expreso de Guantánamo me decía: “Podían destrozarme por fuera, pero no por dentro. En mi espíritu”. El uso del amor como pretexto de tortura sí puede aniquilarnos por dentro.


En Kirguistán he visto sin embargo a muchas jóvenes celebrar con entusiasmo San Valentín. Puede parecer surrealista teniendo en cuenta de que muchas temen en su adolescencia ser secuestradas por desconocidos. Lo mismo en Bolivia o Groenlandia. En Somalia -donde muchos matrimonios son concertados- o en el Sáhara, lo desconozco, pero quizás como aquí -aunque no lo hagamos de forma oficial el día que marcan los centros comerciales- seguro que se festeja con entusiasmo de vez en cuando la posibilidad y esperanza de amar y ser amado.


El problema, periodístico y social, es que la mayoría de estos dramas son muy discretos. Ocurren en esos mundos que sí se terminan, se finiquitan en el mapa, muy rápido. Al cruzar la puerta, dentro de nuestras casas. Y pocas veces se proyectan en las calles. Los peores dramas, las peores tragedias son las que ocurren a diario. Y esta, la de la malversación del afecto, está extendida por todo el globo. Es bueno que mañana lo recordemos. Decían en un taller por los buenos tratos en el sector minero de Potosí, que había que quererse mejor. Y no tanto.


Mi ginecóloga, la doctora Turgabubu, lo tiene claro: “La violencia doméstica nunca es una prioridad para los gobiernos, pero si no hay felicidad, ni confort, ni en las parejas ni en las familias, tampoco puede haberlo en el país”.


 


Artículo original publicado en Noticias de Navarra por Daniel Burgui:


http://www.noticiasdenavarra.com/2012/02/13/mundo/mi-ginecologa-del-fin-del-mundo

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La revolución de los “intocables”

La revolución comenzó de forma casi fortuita, por una inesperada chispa: Phayumiya Mahra Ram se negó a hacer su trabajo. El hecho no habría tenido mayores consecuencias si no fuera porque este hombre pertenecía a la casta chamar, una de las 22 que dan forma al grupo de los dalit, considerados intocables. Y porque la labor que se negó a llevar a cabo es la que le exigía desempeñar la rígida sociedad nepalesa: deshacerse de los cuerpos de animales muertos.

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