Los hombres no somos culpables pero sí responsables

Derechos Humanos

La violencia de género es una escandalosa realidad que cada día se extiende más y afecta a toda la sociedad. Es la evidencia diaria de nuestras contradicciones y una exigencia inmediata para reflexionar sobre los problemas que están en su origen.

24 de Noviembre del 2014

Sus consecuencias son terribles; miles, cientos de miles de mujeres viven atemorizadas ante una continua situación de terror físico y psicológico en sus hogares y entorno más inmediato. Según los últimos datos, 7 de cada 10 mujeres sufren algún tipo de violencia de género en el mundo. En España, alrededor de 750 mujeres han sido asesinadas durante la última década. El año pasado más de 27.000  mujeres necesitaron medidas de protección, la mitad de ellas entre 25 y 39 años y se produjeron 124.000 denuncias por violencia de género

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Sorprendentemente, los causantes de este mal, no son hombres extraños a las víctimas. Son sus propios maridos, novios o parejas quienes maltratan. Los agresores, en su gran mayoría, no son hombres diferentes, especiales o enfermos. Son hombres comunes, ciudadanos típicos, en muchos casos modélicos, amables, reconocidos y, a menudo, respetuosos y cordiales en su trabajo.

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Pero ¿donde está la clave o claves para entender este comportamiento? Primero tendríamos que analizar de manera exhaustiva la forma en la que se producen los procesos de construcción de género, en cómo se construyen nuestras identidades como hombres o mujeres. Evidentemente para ello nos haría falta bastante más que un articulo, pero bástenos,  para ver cómo influye este sistema de dominación en la violencia de género, saber que tanto uno como la otra tienen mucho que ver en cómo los hombres hemos aprendido a gestionar nuestros sentimientos. O mejor dicho, en cómo los hombres nos hemos convertido en analfabetos emocionales.

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De los 4 sentimientos primarios (los que tienen todos los mamíferos), que son: ira/rabia, alegría, miedo y tristeza... los dos últimos son incompatibles con la imagen de fortaleza que la sociedad patriarcal nos impone o exige y que nosotros asumimos.

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De hecho, la ira es el único sentimiento (junto con la alegría, claro está) que se le ha permitido al hombre. Lo que ha ocurrido es que el hombre aprendió a expresar a través de la ira, lo que no podía expresar de otra manera. La ira sustituyó en buena medida, al miedo, la frustración, la inseguridad o la tristeza. Por tanto los hombres que agreden a sus parejas expresan miedo transformado en ira y agresividad. Pero ¿a qué tienen miedo? A la libertad de las mujeres.

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Son hombres que basan su seguridad personal en valores que representan el estereotipo tradicional masculino; la imposición a través de la fuerza física, la competencia, la agresividad y un estatus de superioridad y privilegio con respecto a la mujer. Son hombres que no están siendo capaces de reconvertirse hacia un tipo de relaciones igualitarias, basadas en el respeto mutuo. Son hombres que no han asumido que con la igualdad ganamos todas y todos. Es el claro síntoma de que algo no funciona bien, de que una parte de los hombres no están aceptando el cambio y la libertad de las mujeres.

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Entender los mecanismos no significa ni aceptarlo ni justificarlo. La violencia, nunca tiene justificación, y menos todavía se puede admitir cuando hablamos de la vulneración de los derechos humanos más terrible y más invisibilizada que existe: la violencia contra las mujeres. Porque los agresores, no son mayoría, ni mucho menos. Pero... ¿y el resto? ¿Dónde estamos y qué hacemos el resto de los hombres?

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La violencia es posible porque el resto de los hombres mantenemos algún tipo de complicidad y cierta tolerancia hacia ella. Ya sea por miedo, por egoísmo, por rencor o por una malentendida solidaridad masculina, lo cierto es que muchos de nosotros no hacemos lo suficiente para acabar con la violencia de género. Lo cierto, es que muchos de nosotros, sencillamente, no hacemos nada. La violencia existente en el seno de una sociedad, es la suma de las violencias individuales de cada uno de sus miembros; la que cada una de las personas que la componen genera y la que es capaz de tolerar y asimilar. Cada gesto, actitud o comentario peyorativo y discriminatorio contra las mujeres, aumenta la permisividad y abre el camino hacia los malos tratos. 

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En los últimos años estamos asistiendo a un nuevo fortalecimiento de una serie de discursos machistas que relativizan y avalan de forma explícita o sutil las desigualdades de género y la violencia hacia las mujeres y las sexualidades no normativas. Diversos análisis coinciden en que tales discursos no son tan nuevos sino que son el resultado de la actualización, a través de modos y canales distintos, de una lógica patriarcal de dominación y explotación más que consolidada en el tiempo. Los discursos neo-machistas tienen en común una minimización de la importancia de la violencia masculina y de la desigualdad estructural entre hombres y mujeres, una crítica constante a las políticas de igualdad institucionales y un importante cuestionamiento de la actitud de algunas mujeres y feministas a las que se responsabiliza de la reacción agresiva de los varones. Y de la consolidación de este discurso que minimiza la violencia machista o incluso la tolera, también somos responsables.

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¿Nos hemos parado a pensar si podemos hacer algo más de lo que hacemos, para luchar contra la violencia de género? Esta es la pregunta que lanzo a los hombres. La mayoría, hasta ahora, nos hemos limitado a contemplar desde la distancia este gravísimo problema, sintiéndonos libres de culpa y pensando que bastaba con no ser nosotros los maltratadores. Pero ¿es esto suficiente? Los hombres no somos culpables de la violencia machista pero sí somos responsables de su mantenimiento. Porque violencia es el asesinato y los golpes, pero violencia también son las vejaciones físicas, síquicas y morales; violencia también son los insultos, los comentarios humillantes y sexistas, los menosprecios y minusvaloraciones, los chistes sexistas y el acoso por motivos sexuales o de género. 

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Como cada día,  como siempre, en este mismo momento, millones de mujeres están siendo maltratadas en sus más variadas facetas y, ante esto, los hombres no podemos seguir permaneciendo callados, pretendiendo no tener responsabilidad moral ante las víctimas. Tenemos la obligación y la responsabilidad de levantar nuestra voz y lanzar a la sociedad un claro mensaje de rechazo absoluto de las raíces de la violencia, negando cualquier razón que la justifique.

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El Autor

Co-coordinador del Grupo de Trabajo de Políticas de Género de la Equomunidad y socio y activista de AHIGE, Asociación de Hombres por la Igualdad de Género.

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