La locura del poder ciudadano

Derechos Humanos

Sería justicia poética que todo empezase, en parte, porque unos “locos” quisieron tomar las riendas de su dolencia, de su medicación, de su tratamiento y de su relación con la sociedad.

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Poder Ciudadano..

Desde hace algunos años vengo colaborando (traduciendo, reflexionando) con un grupo de personas dedicadas al trabajo social en el ámbito de lo que se ha dado en llamar la salud mental. Después de las tensiones entre la psiquiatría y la psicología, entre la desinstitucionalización y la fármaco-dictadura y aun de la antipsiquiatría que sacudieron la manera de afrontar el problema de la salud mental, a un grupo de gente de diversos países, sobre todo francófonos, les dio por leer a Foucault y tomar el problema de la salud mental desde el punto de vista de los llamados “usuarios”. Es decir: de las personas que tenían el problema de salud y el problema de poder que emerge de este cambio de perspectiva.

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Estas personas dieron lugar, a finales de los 80, a una especie de movimiento sordo pero muy influyente, en el que la salud mental se empezó a considerar en clave de lucha de poder: usuarios que sufrían una dolencia frente a un sistema que, durante siglos, los había encerrado, los había liberado a su suerte, les había medicado hasta anular todas sus capacidades subjetivas y de socialización... en fin: un sistema que nunca había sabido muy bien cómo enfrentarse con el problema real de personas reales que sufrían una dolencia que culpabilizaba, excluía y anulaba a los sujetos probablemente por la sencilla razón de que no sabía muy bien qué hacer con esas personas dolientes que habían sido los tontos, las tontas, del pueblo, el mendigo gritón o el familiar inmanejable, escondido, oculto tras el velo de lo que no se nombra en la familia.

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Este grupo de trabajadores y trabajadoras sociales, junto con las y los usuarios, crearon redes y lazos de asociación para tomar el control, al principio, sobre cosas muy pequeñas: el ritmo y la dosis de la medicación, el encaje con la institucionalización dentro y fuera de sus ámbitos sociales, familiares y comunitarios, las relaciones con las autoridades sanitarias locales y estatales... Poco a poco, de la salud mental, del peligro de exclusión, de las trabas a la subjetivación y a la socialización, las personas que sufrían una dolencia mental, sus redes familiares y sociales y las personas que trabajaban con ellos fueron yendo cada vez más al centro de lo que estaba en juego: la toma del poder sobre sus vidas, sobre su armazón social, familiar y ciudadano.

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Esta experiencia desde el margen, que ahora se corresponde con experiencias similares en España cuyos protagonistas son personas en paro, personas en situación de pobreza más o menos extrema, personas afectadas por las agresiones ambientales, personas que no pueden acceder a sus derechos, muestra que el concepto de ciudadanía ya no es un estante pequeño burgués en el que la persona se coloca en una relación orgánica con el poder, estructurada en torno a un sistema de reglas políticas inamovibles y cuyo control delega en una élite cada vez más especializada y dedicada a mantener el poder en su mecanismo más puro, más aislado de la realidad.

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En España, esta nueva investidura ha tardado, como casi todo, muchos años en despertar. En parte porque después de seiscientos años de gobiernos oscurantistas, dictaduras y dictablandas, el asociacionismo civil nunca llegó a las capas de una población intencionadamente dejada en la ignorancia y el despojo de su poder. Pero la democracia pactada del 78 tampoco mejoró las cosas. Fue una democracia otorgada, negociada con los poderes del franquismo –asegurando su continuidad y la inviolabilidad de sus patrimonios y privilegios-- y ofrecida desde las cúpulas a una ciudadanía ignorante de su poder y asustada ante el fantasma de la Guerra del 36 y de los ruidos de sables y de metralletas. Nuestra democracia la parieron las componendas y el miedo y el electorado nunca fue ciudadanía... hasta ahora.

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Por más reservas que podamos tener con este o aquel partido o líder. Por más peros que las izquierdas siempre pondremos a los movimientos y partidos que quieren representarnos y por más luchas y debates internos que se produzcan, hay una buena noticia: la ciudadania ha despertado y se ha visto con la capacidad de derribar a los codiciosos, de hacer frente al dinero, ciego, despiadado. No se plantea ganar o perder: simplemente se siente poderosa y quiere el cambio. Sería justicia poética que todo empezase, en parte, porque unos “locos” quisieron tomar las riendas de su dolencia, de su medicación, de su tratamiento y de su relación con la sociedad.

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Imagen: Protestas en Sol. Libre de derechos. Wikimedia.

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El Autor

Cosecha del 62. Aprendiendo desde que nací. Investigador social y de mercado, publicitario, asesor, marido de mujer brillante y padre de bailarín.

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