Heridas del viento. Crónicas armenias con manchas de jugo de granada

Periodismo

23 de Abril del 2015

“¿Quién se acuerda hoy de los armenios?”, dijo Hitler. Cien años después de que diese comienzo el primer genocidio del siglo XX, Heridas del viento recorre la tierra de los descendientes de Noé, un libro que acaba como empieza: añorando el Ararat.

¿Qué lleva a un hombre a excavar un templo subterráneo? ¿Rezar a un pavo real es un acto satánico? ¿Por qué Jachaturian utilizó un jarrón de Dalí como orinal? ¿Es Dios una avellana? Estas son algunas de las preguntas a las que responde ‘Heridas del viento’, un viaje que empieza en Armenia y que termina en una región de Georgia en la que hasta azerís hablan armenio.


Supervivientes de un genocidio, comentaristas deportivos de bombardeos, vecinos de un pueblo en el que está prohibida la televisión y héroes de su propio mundo, recorren las páginas de un libro que termina en una casa dividida por una frontera imaginaria. 


'Heridas del viento' es un homenaje a un pueblo olvidado que se aferra a la vida.


Durante un año y medio, Virginia Mendoza viajó por Armenia, Nagorno-Karabaj y las regiones georgianas habitadas por armenios; convivió con minorías étnicas tales como yazidís y molokanes y buscó historias personales con la finalidad de poner nombre y cara a la supervivencia.


Heridas del viento no es un libro sobre el genocidio armenio. Y sin embargo, es imposible escribir sobre Armenia sin escribir sobre el genocidio; convivir con armenios sin compartir un dolor ya más ajeno que propio; ser inmune a esa melancolía que convierte a casi cada armenio en un poeta. En definitiva, es imposible escribir sobre los armenios sin añorar el Ararat o, lo que es lo mismo: sin convertirse­­­­­ en una de ellos.  


Mendoza describe un país de gente humilde, hospitalaria, nostálgica, bondadosa y, vamos a decirlo, estrambótica. Lo describe con asombro, ternura, humor, y poco a poco, según avanza el libro, lo va haciendo cada vez más suyo.”, escribe Ander Izagirre en el prólogo.


A continuación un fragmento del libro:


 


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“Una enorme barba no logra ocultar la sempiterna sonrisa de Pavel. Los molokanes, desde que cumplen cuarenta años, no pueden volver a afeitarse. Tampoco pueden cortarse la barba. Peinado con la crencha a un lado, Pavel ofrece una imagen un tanto infantil, a pesar de que su pelo es más blanco que el tronco de los abedules. Puede que Pavel sea el menos afectado por la prohibición de ver la televisión: es invidente. Nos lleva a una sala y se sienta junto a una mesa que expone sus tres libros sagrados. Hay muñecas de mirada inquietante que nos observan desde colchas blancas, apiladas. Hay un niño rubio, de ojos azules, vestido con uniforme militar y Kalashnikov en mano. Es el bisnieto de Pavel y posa de esta guisa en una felicitación navideña que su bisabuelo expone orgulloso junto a la cristalería, en el mueble del salón.”


“Las vacas vienen lentamente, con resignación. Karine aprovecha el momento para amenizar la espera. Entusiasmada, me agarra del brazo y me lleva a su caravana. Me muestra las habitaciones, me hunde los hombros para sentarme y me maquilla a la fuerza. Que a cada gesto diga ahá, empieza a despertar en mí cierta curiosidad por el resultado, porque no veo ni un espejo. Pero pronto tengo acceso a uno de esos objetos del demonio y descubro el paisaje en mi cara: mis párpados son dos colinas por las que se extiende una uniforme sombra verde y brillante que Karine ha elegido a conciencia, para que vaya a juego con mi camiseta, de cuadros morados y negros, y con el rojo que ha dejado el sol en mi cara. Una alarmante cantidad de grumos negros hacen, de cada una de mispestañas, un rosario armenio. Podría ser peor: podría maquillarme dentro de unos días, cuando la piel quemada empiece a desprenderse. Así que le doy las gracias.


Cuando termina, la chica rocía sobre mí un perfume que, si fuese sonido, nos rompería los tímpanos a las dos. Por suerte, solo huele y, por suerte, las colonias malas mueren cuando el aire y el tiempo se ponen de acuerdo. Con los ojos muy abiertos y satisfecha con su obra, me dice: ¡Maquíllate siempre!”


“Decía Clarice Lispector que cuanto más entra uno en el centro menos sabe cómo es una ciudad, y en los pueblos pasa justo lo contrario. En el centro, el pueblo se hace pueblo. Y es especialmente evidente en una aldea como esta, en la que una carretera termina según los mapas y, según la realidad, se hace camino. Aquí donde unos hombres se reúnen para esperar a las vacas y hablar de cosas de hombres que esperan vacas, algunos advierten, a gritos, de la avalancha: ¡Que vienen las vacas! El olor a vodka se hace más intenso a medida que uno de los hombres se acerca para invitarnos a su casa. He perdido la cuenta de los cafés que hemos tomado, pero si la polvareda que levantan las reses a su paso no ensuciase el aire y no nos engañase enturbiando los colores del cielo, sería más evidente que es tarde para aceptar el enésimo.”


“Veo a Arevaluys como una mujer diminuta, de ojos tan vivos como azules, casi desquiciados, con una energía inconmensurable que me hace dudar de la utilidad de un bastón que su mano no acierta a mover a la velocidad de sus pies. La mujer, de cien años, reza enfundada en un pañuelo negro que le cubre un moño blanco y observa todo con miedo y desconfianza. Ni siquiera parece fiarse de los relojes o le importa demasiado el tiempo, como si sufriese una espera constante o se creyese a punto de llegar tarde en todo momento.”


“Él nunca bebía café. Ha aprendido a prepararlo por una sola razón: para que ella desayune en la cama cada mañana. Él tiene ciento tres años. Ella no sabe cuándo nació. Supongo que es mayor o menor que yo, dice él. Cuando ella empieza a reír a carcajadas, él ya está pensando la próxima broma: seguro que sus padres lo sabían. Cuatro años de compromiso y ochenta riendo. No podíamos hablar porque si hablábamos nos teníamos que besar. Ni un beso me dio en cuatro años. ¡Ni uno!


Ella echa de menos los árboles de su infancia, ahora turcos, y pide a diario que la lleven, que necesita verlos. A él le preocupa el dinero que ahorró durante años y que desapareció conla URSS. Erael dinero con el que pensaban pagar sus funerales. Yo sólo quiero que me den mi dinero para que mis hijos no se arruinen. Y quiero que lo gasten todo ese día, dice él. Él la mira a ella: Cuando te mueras no pienso llorar. Ella ríe como si se fuese a partir en dos. Él me mira a mí: Lo que ella no sabe es que cuando digo que no voy a llorar, lo que quiero decir es que me voy a arrancar los pelos de la cabeza.


Movses e Iskuhi son supervivientes del genocidio armenio. Ella dice que llorar no sirve para nada. Sobrevivir tiene que ser algo parecido a llegar a esa conclusión.”


“La sombra de Hasmik es corta y tiene la forma de un boomerang. Su silueta es convexa o cóncava, según se mire desde dentro o fuera de una tumba. A Hasmik le lloran los ojos incesantemente y, cuando me pregunto si será por el sol o por el tiempo, ella lo llama enfermedad. En verano pasa tanto tiempo en el cementerio que, cuando algún gesto la obliga a estirar la piel oscura, en su entrecejo surgen trazos blancos y verticales.   Por lo menos tres. Flanqueada por un bastón y una hija, la anciana retoma la jornada laboral tras el almuerzo. Toma asiento sobre una de las piedras que se desparraman a la sombra de una pequeña capilla, junto a los cristales que los visitantes rompen de manera ritual para espantar al miedo. La abuela, con agujas de tejer y lana deslizándose por sus dedos, continúa tejiendo unos guantes marrones.”


“Dicen los armenios que una granada contiene trescientos sesenta y cinco semillas. Albergar tantos granos como días tiene un año convierte a este fruto en símbolo de la vida. Pero la granada también simboliza la fertilidad, el matrimonio y la abundancia. Por eso, en las bodas tradicionales enla Armenia Occidental, la novia estrellaba una granada contra una pared a fin de hacerla pedazos y, con ello, vaticinar una maternidad prolífica y próspera. En Nagorno-Karabaj, las granadas reposaban junto al lecho matrimonial durante la noche de bodas. El nombre de Nourie Adig, protagonista del cuento homónimo, significa semilla de granada.


Los cuentos armenios suelen terminar hablando de manzanas, pero, a veces, también se despiden con granadas que, al caer del cielo, son el equivalente armenio a ser felices y comer perdices: Y del cielo cayeron tres granadas: una para el que contó el cuento, otra para el que lo escuchó, y otra para el que lo entendió.”


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