Bajo el felpudo de bienvenida

Migración

02 de Abril del 2012

M. es un joven educado, correcto y viaja con fardos de libros en varios idiomas. Cecea al hablar. Largo y flaco, quebradizo, como un sarmiento. Sacó plaza como diplomático y fue enviado a un rincón remoto como agregado cultural. Una vida tranquila y limpia en un país desordenado y cochambroso. Organiza festivales, jornadas y conciertos.

Pese a que había otras embajadas de la UE, solo la de M. dispensaba visados para el espacio europeo. Cuando la funcionaria dedicada a esta tarea se marchó de vacaciones, M. asumió la anodina labor de denegarlos.


“Es el peor trabajo de mi vida”, me confesó. “Me dedico a dar la cara y poner excusas de por qué no pueden viajar a Europa”. Las embajadas se reservan el derecho a desvelar a los solicitantes por qué se les niega el visado. A menudo, de forma arbitraria. “¿Pero, no aprobáis ninguno?”, pregunté. “Muy pocos, a los que tienen becas, familiares allí, o una solvencia demostrada”.


Aquel país donde M. y yo nos conocimos era turbulento y convulso, prolijo en revueltas, persecuciones e incluso matanzas. Bastante gente temía por su vida. Sin embargo, para ponerse a salvo, para refugiarse y pedir asilo, primero tienen que lograr la épica acrobacia de llegar a Europa. Solo al pisar suelo comunitario pueden obtener este estatus.


Pregunté a M. si había tenido el presagio o los indicios de que alguna de esas personas a las que había negado el visado estaba amenazada. “Sí, unos cuantos”, contestó severo. “¿Y se lo negaste?”. “Claro, no puedo hacer nada, cumplo órdenes”. La orden interna, simple, directa y no escrita, es que ante la leve sospecha de que se trate de posibles solicitantes de asilo, refugio o arraigo, se niegue el visado. Son los que “pretenden llegar para quedarse”.


“Solo un telefonazo desde arriba si se trata de un disidente destacado, facilitará esos papeles”, explicaba M. asqueado. Éstas son las entrañas -podridas- de la diplomacia. Esta es la Europa sin fronteras.


EL TRUCO DE SCHENGEN En 1995 se desdibujaron las separaciones entre los estados miembros de la Unión. Simultáneamente, se proclamó la libre circulación de personas. Los contrabandistas de Bidasoa y Baztan asistieron con nostalgia al fin de una época al ver marchar carabineros, tricornios y barreras. Y con ellos su negocio.


El estraperlo de bienes escasos, caros e ilegales genera hinchadísimos beneficios. Entre ellos, el tráfico de personas. Y mientras en nuestros Pirineos hubo aduanas fue así. Se pasaba café, perfumes, tabaco, alcohol, televisores… Pero también algunos recuerdan con vergüenza cómo pasaban trabajadores portugueses a Francia “como si fuesen ganado”. Lo mismo vacas que personas, al bulto. Aunque eso a nadie le gusta recordarlo.


Desde aquel 1995 el acuerdo de Schengen borró esas mugas interiores a condición de blindar y fortalecer las fronteras externas para obstaculizar la migración ilegal y endurecer las restricciones a “fin de salvaguardar la seguridad”. Y así, recicló las viejas alambradas para construir enormes muros y verjas más altas, más gruesas y más largas. Afuera, donde los confines de los Estados europeos tocaban con otro mundo.


La desaparición de las fronteras es una ilusión óptica que sólo percibimos los que estamos dentro. Un truco de prestidigitador. Los europeos viajamos felices y ciegos: no hay fronteras dentro y fuera se nos resisten pocas. Los acuerdos del Estado español con América Latina hacen que no necesitemos más visado que una sonrisa. En otros lugares, basta con pagar.


Solo nos sentimos ilegales en aquella época en la que la crisis no asfixiaba y se volaba barato a Nueva York. Entonces los turistas se indignaban en el JFK al ser tratados como inmigrantes. Pero era una indignación liviana, de show. En nuestros aeropuertos cruzamos despreocupados bajo el cartel de “ciudadanos de la UE” y el de “Bienvenido”. Sin ver las puertas de los lados. Las gateras donde se retiene a diario a miles de personas. Las grandes fronteras europeas, las que soportan el mayor flujo migratorio, son los aeropuertos.


Allá donde Schengen marcó la puerta, Europa colocó un tremendo y fastuoso felpudo de bienvenida, que promete, promueve y anuncia prosperidad, derechos civiles e igualdad. Es la imagen de marca de la UE: somos muy majos. Tenemos el tribunal de La Haya, los más altos índices de Derechos Humanos, firmamos contra Guantánamo y nos conmocionamos con las guerras, las hambrunas y el éxodo de refugiados. Pero cuando esos desplazados desaparecen por el rabillo de la pantalla de nuestro televisor, ¿a dónde van? ¿Dónde concluye su travesía? En la puerta de nuestra casa.


Primero, como M. tratamos que no sepan cómo llegar. No les indicamos el camino, les damos largas. Después, no oímos el timbre. Pero están llamando, ahí afuera. Como los felpudos tienen la extraordinaria capacidad de disimular la porquería que nos molesta, ante las promesas que la UE es incapaz de cumplir, esconde a esas personas.


Tan horrible como la verja de Tijuana y San Diego es la que se levanta en Ceuta o Melilla, y peor aun la de la frontera de Grecia con Turquía. Allí, en nuestra demarcación más enclenque y empobrecida, se concentra el 80% de migraciones por tierra.


Miles son refugiados afganos que huyen de la guerra. Muchos, adolescentes. También hay sudaneses, somalís, magrebís, kurdos, iraquís, sirios o asiáticos que han caminado 3.000 kilómetros o más a través de controles y mafias, empeñando miles de euros. Nada que envidiar a los latinos que cruzan Centroamérica, hipotecados con maras y narcos. En la linde greco-turca, 200 efectivos de la Frontex -un mini ejército europeo que vela por el hermetismo de nuestro mapa- recorren la muralla de metal dando caza a los migrantes y recuperando cadáveres del río Evros, poco caudaloso pero letal. En verano lo vadean a diario unas 300 o 400 personas, en invierno muy pocos salvan sus aguas congeladas.


A los supervivientes les esperan en la otra orilla cinco centros de internamiento para extranjeros (CIE) y varios campamentos con verja. Mazmorras en las que los reclusos sin cargos ni delito -permanecer de forma irregular a lo sumo implica una falta administrativa- se hacinan en condiciones muy precarias. Lo reconocen incluso las autoridades griegas.


Centros idénticos se desperdigan por toda Europa y se reproducen en cientos de ciudades, en el Estado español hay hasta nueve. Muy discretos, como el de Aluche (en Madrid) y el de Zona Franca (Barcelona), hasta que el escándalo de dos muertes en menos de un mes desvelan su existencia, sus condiciones y su ubicación. La congoleña Samba Martine falleció el pasado 19 de diciembre y el joven guineano Idrissa Diallo, el 6 de enero. Oficialmente la primera murió de meningitis y el segundo, de 21 años, de infarto. La Defensora del Pueblo en Catalunya, que visitó el centro tras la muerte del joven, denunció las graves carencias sanitarias. Mucho peores que en los centros penitenciarios del sistema español.


“REFUGIADOS ILEGALES” En 2010, el gobierno de Atenas detuvo a 36.000 personas en la frontera y sólo aprobó una media de un 1,5% de las solicitudes de asilo. Al resto se les negó el derecho a recurrir, se les encarceló y en muchos casos se los expulsó devolviéndoles a aquellos lugares de los que querían huir. La UE sólo aceptó un 26% de estas solicitudes. Cifras ridículas.


En 2011, durante la hambruna en el Cuerno de África los Estados europeos exigieron a Kenia que no se retrasase en atender a los refugiados somalís. Solo en el mes de agosto el país asistió a 40.000 desplazados, diez veces más que todos los refugiados que el Estado español admite en un año entero (3.700). Y en septiembre, a otros 40.000.


Meses antes, la guerra estallaba en Libia. Los miles de ciudadanos que escapaban al este -Túnez- o al oeste -Egipto- fueron oficialmente “refugiados”, “desplazados” por el conflicto y reconocidos así. En cambio, aquellos que se exiliaron al norte y llegaron en barcazas a la isla italiana de Lampedusa fueron “inmigrantes ilegales”. Googleen “Libia” y “Lampedusa”.


En esos trayectos hacia las costas europeas en 2011 se batió un récord histórico de mortalidad. Al menos 1.500 personas perdieron la vida o desaparecieron en el Mediterráneo, según cifras de ACNUR. Muchas de esas personas embarcaron forzadas, a punta de pistola; la mayoría tripularon ellos mismos, y sin experiencia, naves destartaladas, inservibles en alta mar.


¿Cuál es la diferencia? Europa y sus trampas dialécticas. “Inmigrante ilegal”, dos palabras que nos eximen de responsabilidades, nos dan serenidad. Mientras, Kenia -un país en vías de desarrollo y estrujado por la sequía-, Túnez y Egipto -inmersos en sus propias revoluciones- hacen sonrojar el compromiso europeo con los derechos y las personas.


Al menos, nuestras carteras son honestas. Cuando se diseñaron los primeros billetes de euro se decidió que en el anverso figurasen puertas y ventanas y en el dorso, puentes. Simbolizan el espíritu de apertura de la Unión Europea. Dicen. Un lugar idóneo: ligar ese espíritu a los billetes.


 


Artículo y fotografía original de Daniel Burgui para el Diario Noticias de Navarra:


http://noticiasdenavarra.com/2012/02/05/mundo/bajo-el-felpudo-de-bienvenida

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La República Democrática del Congo, también conocida popularmente como RDC o Congo Democrático, es un país de África central, denominado Zaire entre los años 1971 y 1997.

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